
Abrí los ojos, sentía como los pequeños rayos de sol que se colaban por la persiana llegaban a mi cara diciéndome que tenía que volver a la vida, salir al mundo. A veces, cuando dormimos, parece que se nos borran los malos recuerdos y al despertar esa “amnesia” desaparece, escupiéndote, despacio y cruelmente, la realidad a la cara.
Las imágenes venían a mi cabeza, una tras otra; me negaba a pensar, no quería, pero los pensamientos venían a mí haciendo que cada órgano de mi cuerpo se desintegrara por dentro. Había dos motivos por los cuales ya no quería seguir viviendo. Primero, él ya no estaba. Segundo, yo le había matado.
Era un día como tantos otros que hay en el calendario. Yo, como un robot dominado por no sé que extraña fuerza, hacía
automáticamente lo mismo de todas las mañanas para ir a trabajar junto a mi marido a un bar de mala muerte. La relación con mi marido no era buena y yo lo sabía, pero mi dependencia de él, tal como si más que de “mi amor” se tratara de “mi droga favorita”, no me permitía dejarle, a parte de sus constantes amenazas y que no tenía medios para sobrevivir sin él. Me pegaba, me insultaba y me hacía sentir como una reverenda mierda. Aún así, siempre venía a decirme las palabras mágicas «
perdóname, no quería hacerlo» y mi boca no era capaz de mandarlo con su madre. A veces pensaba en lo diferente que era mi vida a lo que yo siempre había esperado de ella, y me decidía, y pensaba que tenía que acabar con eso, pero esas ideas se torcían, y siempre terminaba pensando que no era lo mejor, que no iba a encontrar a nadie más, que él iba a cambiar etc. Al final me atrevía a sacar el látigo, pero para
autoflagelarme, después de todo yo le “amaba”.
En fin, volviendo a lo de antes, ese día caminamos juntos hacia el trabajo, abrimos el bar y como todos los días sentí ese característico olor a antro (tabaco, café y más tabaco) que se resistía a irse. Mientras él servía unas cervezas y yo preparaba un bocadillo de jamón y queso, todo apuntaba a que era un día inocente, como cualquier otro jueves inofensivo. Pero el diablo empezó a asomar la cabeza cuando se me calló un plato al suelo y mi marido me dijo, como tantas otras veces, algo tan simple (teniendo en cuenta a lo que me tenía acostumbrada), como que soy una inútil. Fue en ese momento, aunque no como tantas otras veces, cuando se encendió en mí una llama que me llenó de rabia por dentro, una rabia salvaje e incontrolada, que no paraba de crecer. Agarré el cuchillo y le asesté 5 puñaladas, así es como un momento puede cambiar tu vida para siempre.